Que la crisis económica iba a arrasar con muchos trabajadores, independientemente de donde procedamos era evidente, pero tal como se anunciaba desde algunos sectores este “aprieto” iba a afectar a unos más y a otros menos, pero no solo por falta de ofertas de trabajo sino por la competencia en la que entramos unos y otros. Los de aquí y los de allí, todos buscamos trabajo y cuando el que llega de fuera se convierte en competidor ya no somos iguales y no todos tenemos los mismos derechos, pero si obligaciones.
En los tiempos que corren en Europa y Estados Unidos, denominados como países “desarrollados” -depende que se entienda por desarrollo-, parecería que en tiempos de crisis no hay diferencia del color de piel o lugar de procedencia, pero lastimosamente no es así.
No me gusta generalizar, porque creo que cada ser humano es un mundo, pero no podemos obviar lo evidente. Ayer la encuestadora Harris Interactive publicaba un estudio en el que destacaba que la mayoría de los ciudadanos europeos y estadounidenses, el 70 por ciento, creen que sus gobiernos deberían pedir a los inmigrantes en paro que regresen a sus países de origen porque aquí, en este momento, sobran. Esta opinión más generalizada entre los italianos y los británicos que entre españoles, franceses, alemanes y estadounidenses, dice mucho del giro de esa denominada solidaridad de los desarrollados.
Estos resultados sugieren que el aumento del desempleo puede hacer que las políticas en el ámbito de la inmigración cobren cada vez más importancia en los gobiernos europeos. Como todos sabemos en Europa como en Estados Unidos, el índice de paro se ha disparado como consecuencia de la crisis económica internacional. En España hemos llegado a un 14 por ciento, mientras que en Alemania y Francia hay un 7 y un 8 por ciento de parados, respectivamente.
Este estudio da cuenta que, para la mayoría de políticos y ciudadanos europeos, los inmigrantes son “mano de obra” pura y dura, un factor más de la producción, una simple mercancía que se importa cuando el abastecimiento nacional es deficitario, pero que se cierra la puerta cuando el mercado está saturado.
Cuando se anunciaba desde algunas asociaciones en defensa de los derechos de inmigrantes que había que tener cuidado con las consecuencias de la crisis económica, no creí que llegaría a ver y oír lo que hoy está pasando. Estamos frente a una creciente política europea discriminatoria y xenófoba que trasciende a la opinión pública y que podría tener consecuencias muy graves.
Parece que a muchos políticos y ciudadanos europeos se les olvida que su nivel de vida se debe, en buena parte, al aporte de los países en vías de desarrollo y al que han generado los inmigrantes con su mano de obra. Dónde queda la solidaridad en momentos en que la crisis se ensaña con los más vulnerables. Ningún inmigrante viene a que le regalen nada, solo buscan un espacio para mejorar su nivel de vida. Me pregunto que va a pasar con aquellos que están ahogados por las hipotecas o aquellos que no han conseguido regularizar su situación y aún más no tienen un colchón familiar que los auxilie en estos momentos.
Con las políticas europeas cada vez más restrictivas y discriminatorias no van a necesitar pedir que los inmigrantes se vayan. Ya hay muchos que han optado por regresar, lo peor no es que se vayan, lo peor es que volverán a emigrar.
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