Samia Yusuf Omar y los náufragos de la miseria
Estos días, la mayoría de los medios de comunicación se han hecho eco de la desaparición de la atleta somalí Samia Yusuf Omar, a quien se ha tragado el mar cuando intentaba cruzar el Mediterráneo en patera para llegar desde Libia hasta Italia. El fallecimiento de esta mujer, que se dio a conocer al mundo en los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, ha conmovido a medio mundo, a todos aquéllos que habitualmente son incapaces de darse cuenta de que, por desgracia, todos los meses mueren personas anónimas tratando de escapar de la desesperación, de la pobreza y de la falta de un futuro.
Samia Yusuf Omar tenía nombre y apellidos. Conocíamos su rostro, porque la habíamos visto en televisión, aunque fuera un solo día, compitiendo hace cuatro años en unos Juegos Olímpicos que dejaban una de esas habituales imágenes de esfuerzo y superación únicas, porque daba lo mismo que esta somalí quedara la última en su carrera, a una larga distancia de la ganadora. Ella era un símbolo por ser capaz de desafiar a los convencionalismos de una sociedad machista y discriminadora, como la de su país.
Como un símbolo son también esos cientos de inmigrantes que, como ella, perecen en el intento, cuyos cuerpos ahogados en la mar meditan boca abajo sin poder ver el fondo con sus ojos vacíos, como decían los versos del poeta José Ángel Valente.
Todos esos anónimos cadáveres lo son por “flotar en la incierta realidad del ser”, por “tentar a ciegas lo improbable”, por “no tener asidero en tanta sombra”. Y lo peor es que, desde nuestras cómodas poltronas, poco nos importa su final, cuando miramos para otro lado negando una realidad evidente, contribuyendo a hacerlos invisibles.
Si necesitamos un nombre para conmovernos, que todos los que se ha tragado el mar y aún engullirá sean Samia, pero que sean, y que alguien, de una vez por todas, se ponga manos a la obra para cambiar un mundo que obliga a algunos de sus hijos a perder la vida buscando simplemente eso, una vida mejor o distinta a la que sufren.
Sea mi recuerdo para todos los que como Samia han perdido a vida por el naufragio de una patera o un cayuco.
La semana pasada nos quedábamos sobrecogidos al conocer la que puede ser una de las tragedias más dramáticas que ha vivido la inmigración en los últimos tiempos. 
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